Carlos C. Ungría

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Zaragoza nunca se rinde

Zaragoza nunca se rinde

Anoche, horas después del naufragio en el estadio de La Romareda —ya van cinco años consecutivos en Segunda División—, encontré esta fotografía en Twitter. Ahí está el bueno de Alberto Zapater, mi paisano de la comarca aragonesa de las Cinco Villas. Nuestro gran capitán se retira cabizbajo, tocado. Asimilando el desastre, ese imperdonable 1-2 en el minuto 90 cuando la eliminatoria estaba —más o menos— encarrilada.

Quien deteste el fútbol o el deporte no lo comprenderá, pero lo del zaragocismo tiene mérito. Cómo hemos cambiado durante las últimas temporadas. Siempre a mejor. El infierno de la División de Plata nos ha curtido. Aquí no hay historia ni palmarés que valgan. Los Magníficos, la Quinta de París o los Heroes de Montjuic forman parte del pasado. Ellos no ganan partidos.

La afición ha interiorizado que en Segunda no hay favoritos. Cada partido es mundo. Y también ha asumido que cada año que pasa la situación económica y deportiva es más angustiosa, más delicada. Sin embargo, aquí estamos. Aquí seguimos. Impasibles al desaliento. Siempre al pie del cañón. Arropando al equipo «en las buenas y en las malas». Como ayer. Como estos años.

Al salir de La Romareda en esta tarde aciaga y lluviosa lo hablé con mi tío Carlos. Sí, cómo hemos cambiado. A mejor. Porque a base de golpes hemos aprendido que cuando uno se cae, se levanta. Y vuelve a empezar. Una vez más. Y lo vuelve a intentar. Así hasta que lo consigue.

Volveremos, sí. Porque Zaragoza nunca se rinde.

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