Carlos C. Ungría

Carlos C. Ungría

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El profesor de Tumani Tenda

El profesor de Tumani Tenda

Unas semanas antes de viajar a Gambia y Senegal, me sumergí de nuevo en Océano África. El libro de Xavier Aldekoa sacude conciencias. Hay que leerlo. Para comprender. Uno de los pasajes que más me gusta narra los motivos por los cuales el autor viaja por este continente. A priori, desde fuera, cualquiera podría pensar que lo hace para vivir presuntas aventuras y peligros. No. Él lo hace para contar las historias humanas que hay detrás de las guerras. Para hablar de las desigualdades que lastran el desarrollo de muchos países del continente. Para mostrar, entre otras cuestiones, qué hay detrás de los tópicos.

El propio autor se expresa así:

“Yo viajo a África para explicar que una niña congolesa se ata bolsas de plástico en los pies porque no tiene zapatos. Para intentar entender que en el Congo la gente no mata por salvajismo, mata por interés. Por el poder. Como en cualquier parte del mundo. Y para contar también que hay gente que no mata. Personas anónimas que, cuando todo se hunde a su alrededor, deciden proteger a los suyos, arriesgarse a ayudar al vecino y aceptar que pueden morir en el intento. Personas que sólo quieren vivir sus vidas y que les dejen en paz. Personas que cuando el mundo se va al infierno, eligen tener el valor de ser seres humanos. Hay millones de personas así en África”.

El día que conocí a Edmund me acordé del libro de Xavier. De esa África real y admirable que uno conoce cuando entra en contacto con la cultura local. Sólo hace falta abrir bien los ojos, limpiar la cabeza de prejuicios y conversar con paisanos del país africano que sea para darse cuenta de ello. Me ocurrió con Edmund, el protagonista de está pequeña historia, como también me sucedió tras entablar conversación con Suleiman, Babucar o Fatou, por citar varios ejemplos.

Iré al grano. Aquella mañana estábamos en Gambia. Era nuestro segundo día durmiendo en Ambdalai. Seguíamos expectantes. Con muchas ganas por continuar nuestro camino, por vivir nuevas aventuras, por descubrir qué podía dar de sí este país africano. Después de desayunar, Quim Fàbregas nos planteó conocer Tumani Tenda, un poblado de la zona, y visitar así una escuela local. El plan era atractivo. Íbamos a descubrir cómo es un colegio en África, cómo funciona. Cómo son los profesores, las clases. Qué estudian. Todo.

Nos desplazamos hasta allí caminando durante unos kilómetros. No tiene mérito hacerlo durante el día y con buen calzado. Mérito el que tienen decenas de niños, jóvenes y mayores, que se ven forzados a caminar día tras día sin ningún tipo de chancla o zapatilla. «La niña congoleña», que citaba Aldekoa. Y, como es obvio, muchas veces tienen que completar recorridos de varios kilómetros de noche. Cruzando caminos y/o la propia carretera. Sin más iluminación que la que puedan aportar, en momentos puntuales, los vehículos que circulan. ¿Alumbrado público? No en zonas como ésta.

Al rato llegamos a Tumani Tenda y conocimos la escuela. El recinto escolar estaba delimitado por un muro de cemento. En el interior había un gran patio central, de tierra, custodiado por diferentes casetas en mejor o peor estado que correspondían a las clases. También había un pequeño huerto promovido por Viatges en Ruta y Etnika Solidaria, las entidades en las que participa Quim y su equipo, así como unos baños habilitados recientemente para mejorar las condiciones higiénicas de los escolares, especialmente de las mujeres.

Tras dar un pequeño paseo por las instalaciones, llegamos a la clase de Edmund. Él es un profesor de Matemáticas con vocación. Uno de esos maestros que se mueve por unos ideales, en este caso conseguir que los jóvenes de la zona reciban la mejor educación posible. Tanto durante el curso académico como durante el verano, que es un periodo del año no lectivo como en España.

Su historia es la de un joven africano que decidió dedicar todo el mes de agosto a impartir clases de Matemáticas de forma gratuita. Por amor al arte. Sin remuneración. Lo hizo junto a un grupo de profesores a los que también convenció para ello. Todo para que los jóvenes de la zona, sus paisanos, reforzaran los conocimientos aprendidos durante el último curso y, al mismo tiempo, estuvieran ocupados durante sus vacaciones antes de volver al colegio en septiembre.

Estos días, inmerso en las mil tareas en las que ando metido en Madrid —uno, que no puede estar quieto—, me he acordado de aquellos días de convivencia en Gambia y Senegal. De las conversaciones con viajeros y gente de la zona. De la danza africana, las cervezas Julbrew y las aventuras vividas. Y de Edmund, claro. De la energía y la seguridad con la que expresaba sus principios, sus ideales. Qué forma de actuar. Uno escucha a personas como él hablando con esa pasión, y se reconcilia con el mundo. Hay esperanza. También en África.

2 comments

Isabel Mateu

Precioso escrito !!! Me encantó compartir viaje contigo…

Carlos

¡Muchas gracias por tus palabras, Isabel! ¡Un placer compartir la experiencia! 🙂

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