Carlos C. Ungría

Carlos C. Ungría

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Cartas desde Anantapur

Cartas desde Anantapur

Las únicas cartas de verdad que recibo a lo largo del año proceden de una aldea remota del distrito de Anantapur, en la India. Me hace ilusión abrir el buzón y encontrar una nueva. Siempre que esto ocurre repito el mismo proceso. Primero examino el sobre por fuera. Me fijo en el remitente, analizo su grosor, imagino qué esconde por dentro. Todo lo hago lentamente. Como intentando alargar en el tiempo lo que es un instante. Para que nunca termine. Así hasta que al final la abro y salgo de dudas.

Me escribe Surendra, uno de tantos niños a los que la Fundación Vicente Ferrer apoya para salir adelante. Lo hace varias veces al año. Cuando recibo un escrito suyo aprieto el papel entre mis dedos para volver a sentir la India. De nuevo. Como si no hubieran transcurrido más de 20 meses desde que visité este país asiático por primera vez.

El día que recojo, toco, abro y leo una nueva carta mi cabeza se traslada allí. Aquel interminable viaje en tren desde Bangalore hasta Anantapur. Los días en el campus principal de Rural Development Trust (RDT). Las visitas a las escuelas locales, los hospitales y al resto de instalaciones. Las conversaciones con cooperantes y viajeros. El encuentro con Gadema, Raja y el resto de vecinos del pueblito de Vipupapuram. Revivir la India, de nuevo.

Hace unos días llegué a casa y me encontré una nueva misiva en el buzón. Llevaba —como siempre— el membrete de la Fundación. El contenido del folio se dividía en dos. Surendra me escribía a la izquierda, utilizando su dialecto local. Un lenguaje que desconozco. Ni siquiera los caracteres son los mismos que los nuestros. Y a la derecha, por su parte, estaba la traducción al castellano de la misma.

«Este año he pasado de sexto a séptimo curso. Estoy muy feliz», me contaba al inicio del texto. Se nota que está contento por asistir a la escuela local, donde disfruta aprendiendo junto a sus compañeros y profesores. Además, este verano ha tenido la oportunidad de visitar un pueblo de la zona durante unos días. Allí asistió a la boda de su prima junto al resto de la familia. Lo debieron pasar en grande.

Las cartas desde Anantapur son las únicas que recibo. El tacto del papel. La escritura a mano, tan imperfecta, tan real, tan necesaria. Me fascina pensar que un escrito pueda viajar de mano en mano durante días hasta llegar a su destino. Me agrada comprobar que todavía quedan personas que optan por comunicarse —incluso a miles de kilómetros de distancia— a través de textos de su puño y letra. Y me pregunto, claro, por qué no lo hacemos más a menudo. Por qué hemos perdido la magia de enviarnos más cartas y postales.

2 comments

Àngels Díaz

Estoy de acuerdo contigo. Las cartas manuscrites son mágicas. De la Índia solo compartí las aventures de una cooperante de la Fundació Vicenç Ferrer, Bea Tello. Fué como si yo lo viviera también.

    Carlos C. Ungría

    Gracias por tu mensaje, Àngels. Lo son, son mágicas. Si alguna vez tienes ocasión de visitar los proyectos que la Fundación desarrolla allí, en Anantapur, te recomiendo que vayas y vivas las experiencia en primera persona. Merece la pena.

    Un saludo,

    Carlos

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