Carlos C. Ungría

Carlos C. Ungría

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A Praga

A Praga

Siento debilidad por la gente inquieta, valiente. Por esas personas que viven con pasión. Los atrevidos, los soñadores, los perseverantes. Los que están dispuestos a emprender nuevas aventuras. Los que saben convivir con el miedo al fracaso. Los que cuando se caen, se levantan. Chapa y pintura. Y a seguir.

Me encantan los tipos así. Por eso cuando supe que mi colega de bez.es Álvaro González había diseñado una campaña de crowdfunding para publicar un disco de música —toda una hazaña— me hice mecenas del proyecto. Por eso cuando la periodista y consultora Ángela Paloma hizo lo mismo con su primera novela, también apoyé su propósito. Sin ni siquiera conocerla. Sin apenas datos del contenido. Sin información de la intrahistoria de su creación.

Gabriela Abad Real tiene algo de todo lo anterior. Luchadora, superviviente. Ella protagoniza A Praga desde la Mitad del Mundo, un «parto necesario» para todo escritor que se adentra en la literatura. El libro es un canto a la esperanza de una joven inmigrante española, Gaby, que se ve forzada a vivir en Ecuador en busca de las oportunidades laborales que no tiene en su país natal. Allí, a miles de kilómetros de España, se dedica a trabajar, a viajar, a descubrir. A vivir, con mayúsculas. Pese a los nubarrones que acechan su día a día.

La historia transcurre entre ciudades ecuatorianas como Quito, Guayaquil o Cuenca, con puntuales escapadas por Argentina, Perú y Panamá. El choque cultural, los diferentes ritmos de vida, la convivencia, el pasado colonial, las desigualdades. «A Ecuador no hay que intentar comprenderlo, hay que aceptarlo tal y como es. Hay que disfrutarlo así», sostiene Gaby.

Sus aventuras quedan plasmadas en una sucesión de cartas que escribe a María, su sobrina. La pequeña de la familia, la viva imagen de la vitalidad y la esperanza. Gaby se vacía desde la Mitad del Mundo para compartir con ella sus sueños, sus miedos, su camino. Lo que vive. Lo que siente y lo que desea sentir. La escritura como consuelo. Como si las cartas le permitieran compartir con María un tiempo que se escapa de sus manos a miles de kilómetros de distancia. Los días que no vuelven. Lo que no volverá a ser. La fugacidad de la vida.

Y como telón de fondo las conversaciones que mantiene con Darío, quien representa el papel de ese maestro al que uno recurre en busca de respuestas, aunque a veces no nos gusten. Aunque no las entendamos. La cruda realidad.

A lo largo del libro, ambos mantienen intercambios de palabras como éste:

—«Darío, me tienes que decir un lugar al que ir por las tardes a escribir», pregunta la protagonista.

—«Nunca es un lugar, siempre es un momento», responde él.

—«Eso también. Pero el momento y el lugar deben coincidir».

—«Praga».

Sí, Praga. El lugar por el que uno suspira desde que nace. Aquel que todos buscan y sólo algunos encuentran. Donde no llueve ni hace frío. Donde uno encuentra su sitio. Praga como destino soñado. Como aspiración vital. Donde todo tiene sentido.

 

* Foto: centro de Praga (República Checa). | Banco de imágenes: Pixabay

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