Carlos C. Ungría

Carlos C. Ungría

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Correr entre montañas

Correr entre montañas

Al iniciar la ascensión al mirador del Aneto, en un tramo con un desnivel positivo de 800 metros, empecé a sonreír. Fue una sonrisa tonta. El típico «quién me mandará a mí meterme en este lío». No era para menos. Y es que las piernas empezaban a sufrir, la lluvia arreciaba, hacía frío y por delante aún quedaban demasiados kilómetros por completar.

En ese momento recordé que todo comenzó con una conversación inocente de colegas. Con un espontáneo cruce de mensajes por WhatsApp. El bueno de Allué nos habló de volver a Cerler y correr entre montañas —a más de 2.000 metros de altitud en algunos tramos—, y Alfredo y yo le dijimos que adelante. Que por qué no. Que nos gustan los retos. Y que, en fin. Que contara con nosotros.

Durante la subida evité pensar en los más de 20 kilómetros que todavía faltaban para la meta. Comprendí que era un desgaste anímico estéril. Una pérdida de tiempo. Lo que hice es concentrarme en dar un paso, otro. Y otro más. Sin más pretensión que ir ganando metros a la montaña. Así hasta que, sin saberlo, llegamos al mirador. Había tanta niebla que no se veía ni el Aneto ni varios picos de su entorno.

—«¿Ya está? ¿Esto es el mirador?», pregunté entonces a miembros del staff de la carrera que nos esperaban allí, en el punto más alto de la Trail 2 Heaven del Valle de Benasque.

—«Sí, sí. Es esto. Ahora lo que tienes que hacer es bajar por aquí, por la izquierda. Cuidado con las piedras de Peña Blanca que resbalan», me explicó uno de ellos.

Iniciamos el descenso: unos 3,5 km con un desnivel de 800 metros. La misma altitud que previamente habíamos subido. Íbamos todos en fila india, corriendo sin parar. Esquivando rocas, midiendo cada pisada, intentando no resbalarnos. Dando zancadas firmes y saltos medidos, controlados. Como si fuéramos cabras montesas descendiendo una cordillera. Esa sensación.

La carrera avanzó en dirección hacia el Hospital de Benasque. Después pasamos por Baños y más tarde por Plan de Senarta. Los corredores nos fuimos separando poco a poco. Fueron los mejores momentos de la mañana. Minutos de soledad, de esfuerzo continuado, de superación. La satisfacción de practicar deporte en un valle solitario, con esa humedad y ese olor a naturaleza, a vida, propio de un día gris en el Pirineo.

Cuando me quise dar cuenta estábamos en las afueras de Benasque, a un paso de la meta. Lo supe al ver un cartel que anunciaba un kilómetro para terminar. El único que vimos durante toda la carrera. Por entonces las piernas ya daban síntomas de flaqueza. Sin embargo, volví a sonreír. Por dentro, por fuera. La plenitud de completar un nuevo reto deportivo. La felicidad de correr entre montañas.

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